Octavio Paz según Mauricio-Jose Schwarz (El retorno de los charlatanes)

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Hace tiempo leí el ensayo “La llama doble” de Octavio Paz, el cual trata acerca del amor y el erotismo en Occidente, al leerlo me pareció que caía en muchos lugares comunes (en particular el que dice que al erotismo lo está acabando el sexo fácil y animal, algo en lo que han caído escritores como Fernando Savater en “El valor de educar” y Mario Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo”) por lo que no me pareció nada del otro mundo (aun así ganó el Premio Nobel de Literatura en 1990), al respecto de su vida y obra literaria Mauricio- José Schwarz, quien como periodista en México le siguió la pista hasta su muerte en 1998 escribe así:

¿Por qué te desagrada Octavio Paz?

Muchas razones, pero principalmente por ser un sujeto profundamente deshonesto de una arrogancia indecente.

Paz se dijo hombre de izquierda para luego pasarse al neoliberalismo y la antiizquierda más basta, simplona y de arco reflejo de la mano de los “nuevos filósofos franceses”, exmaoístas transformados en ultraderechistas presuntamente democráticos.

Eran los años en que muchos (me incluyo) revaluábamos a la izquierda como opción real más allá de la simplonería marxista, más allá del dogma guerrillero, más allá de las atrocidades estalinistas, maoístas y polpotianas, más allá de la anticiencia y la estrechez intelectual, _precisamente_ porque _los ideales_ de la izquierda de un mundo más justo, más libre, más inteligente, más solidario está por encima de las interpretaciones episódicas y las propuestas de acción absurdas o desencaminadas. En esos mismos años, lo que hicieron gente como Paz, los estadounidenses Wolfowitz y Perle, Federico Jiménez Losantos, Luis González de Alba, Mario Vargas Llosa y otros muchos decidieron _abandonar y rechazar los ideales de la izquierda_ para asumir una visión del mundo donde la libertad es un valor sólo como libertad económica, donde la injusticia no es preocupación y donde la desigualdad no está mal mientras ellos estén del lado de la balanza donde caen el poder político y económico.

Paz fue muy crítico con el gobierno mexicano, al que llamó “el ogro filantrópico”, esa dictadura que te da a elegir entre reprimirte violentamente o darte puestos, dinero y reconocimiento… pero al mismo tiempo persiguió y exigió incesantemente los puestos, el dinero y el reconocimiento al gobierno mexicano, ya fuera como miembro del servicio diplomático que absorbiendo publicidad oficial en enormes cantidades para su revista “Vuelta”, mientras se asumía como emperador del mundo intelectual y literario de todo un país de 100 millones de personas, exigiendo pleitesía y loas a cambio de repartir reconocimientos, becas, puestos, publicaciones y fotos con el gran líder.

Luchó a brazo partido por ser fulcro de la palanca de reparto de cohechos intelectuales en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Cuando la UNAM hizo un coloquio al que no lo invitó, protagonizó un berrinche monumental exigiendo ser invitado e incluso pidiendo al gobierno represor de Salinas que violentara la autonomía universitaria impidiendo ese coloquio. Aunque se le invitó, rechazó la invitación y aprovechó para presentar su renuncia al Conaculta por la cual exigió (y obtuvo) un cuantioso pago como si hubiera sido despedido injustamente.

Su lucha personal por ser Premio Nobel y por recibir diversas distinciones fue también un ejemplo de bajeza rastrera y ambición hasta lo indigno.

Su ensayo, “El laberinto de la soledad”, me parece y siempre me pareció un canto de odio a lo mexicano, un ejercicio de denigración de una sociedad a la que Paz siempre despreció. Utilizando a la violeta los más simplones conceptos freudianos, un desconocimiento profundo incluso de las etimologías y una elegancia literaria que sustituye a la profundidad del análisis, hace un retrato de los mexicanos en el que yo nunca reconocí a nadie de quienes me rodearon en México, ni ricos ni pobres, ni blancos ni indios, ni urbanos ni rurales. El mexicano inventado por Paz en su feria de rencores es un ser espiritualmente tullido, reconcomiado, tonto, traumatizado, culpable de sus propias desgracias y profundamente repugnante que siempre me pareció más un espejo del autor que una descripción de su sociedad.

Finalmente, en sus últimos días, Paz no sólo fue defensor de la reacción militar del salinismo y el zedillismo contra los zapatistas y alcanzó la vileza máxima de acusar a todos los izquierdistas, a los escritores, poetas, periodistas, actores, pintores o músicos, de haber provocado el alzamiento zapatista (es decir, la retórica de los burgueses concienciados de las ciudades había sido un factor más relevante que la explotación, la marginación de cinco siglos, la pobreza, el hambre, las enfermedades, la humillación racista y el expolio organizado). Vamos, que lejos de tratar de entender las causas de un alzamiento que gran parte de la sociedad mexicana rechazó por su uso de la violencia armada y por el que salió multitudinariamente a las calles exigiendo la paz, consiguiendo presionar al gobierno a que firmara eventualmente los tratados de San Andrés) lo simplificó, lo banalizó y lo instrumentalizó para servir como arma arrojadiza contra sus adversarios ideológicos.

Obviamente, todas mis críticas tendrían poco sentido si yo hubiera callado durante los años del zarismo pacista en el mundo de la creación mexicana. No lo hice. El año después a que le dieran el Premio Nobel, un año antes del lamentable Coloquio de Invierno y tres antes del alzamiento zapatista, publiqué este artículo en “El Búho”, suplemento cultural de Excélsior:

http://dyalc.blogspot.com.es/2010/10/por-que-no-envidio-octavio-paz.html

Porque no a todos los escritores nos trasnocha el Premio Nobel

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