LOS MUÑECOS DE OLIVER BERGEN

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Oliver Bergen era un hombre común y corriente, excepto por una cosa: tenía el don de hacer hablar a los muñecos a su antojo y aunque no lo crean no tenia poder mágico alguno, simplemente era ventrílocuo profesional desde hacia veinte años, aunque su gusto por esta alocada profesión provenía de su más tierna infancia, cuando sus padres lo llevaron a un espectáculo de un hombre que se hacía llamar Mr. Chaskaman el cual hacia hablar a un muñeco llamado Chirlo, el cual a pesar de su dialogo disparatado y su personalidad acusada  hacia reír a la gente con sus comentarios divertidos aunque sarcásticos y ácidos a su vez, fue entonces cuando el joven Oliver decidió que su vocación era ser como aquel señor que podía hacer hablar a un muñeco sin casi mover los labios. A sus 15 años construyo un muñeco al que llamo Tippi ti, con el que empezó a presentarse en fiestas, reuniones y en general cualquier lugar en donde le permitieran mostrar su talento a cualquiera que se lo encontrara

Al principio de su carrera, Oliverio Casillas (el cual era su nombre de pila) tuvo que pasar muchas adversidades con su espectáculo, pues al ser poco conocido tuvo que ir a actuar en escenarios minúsculos, con tarimas inseguras y gente enojada que con una sarta de chiflidos hacían que tuviera que bajarse antes de tiempo del escenario, sin embargo el llego a tener una fiel fanaticada que lo seguía a donde quiera que iba y lo defendía cada vez que podían hacerlo.

La suerte de Oliver empezó a cambiar cuando gano un concurso de talentos organizado por la televisora local el cual tenía como premio una participación especial en el programa cómico más famoso del país y en la que competía con más de quinientos actos de todos los estilos y formas, muchos de los cuales eran hechos por gente con más de veinte años de experiencia y que veía en este concurso una oportunidad para recuperar la fama perdida años atrás, y aunque aquellas viejas glorias de la tele eran rivales fuertes, el gran favorito para ganar era Charles el Titiritero, un joven con un gran talento pero a su vez con una enorme arrogancia que lo hacía alguien antipático y grosero.

La competencia estuvo bastante reñida, contra todo los pronósticos de periodistas y apostadores, Oliver venció a Charles el Titiritero, ahí fue donde se dio a conocer ante el público en general y a realizar presentaciones en teatros, en donde antes lo abucheaban ahora era aplaudido a rabiar por un público entusiasmado por su actuación y la gente que anteriormente criticaba su aparente poco talento ahora lo admiraba por su tenacidad y constancia.

Su fama había crecido a lo largo del país y se estaba extendiendo por los países vecinos, inclusive en lugares remotos como Estados Unidos y Japón lo solicitaban para que presentara su acto ante un público que quería conocer a aquel ventrílocuo que había triunfado contra todo presagio, pero aun así no había olvidado su férrea lucha por hacer sus sueños realidad, de ahí que con el dinero que había ganado en su gira mundial de presentaciones compró una casa para su madre, la cual lo apoyo cuando nadie más lo hacía y la situó al lado de su casa en las colinas del barrio más exclusivo de la ciudad, además de invitar a sus más grandes amigos a pasar una semana en su casa para que la conocieran a fondo, se familiarizaran con ella y disfrutaran de todas sus comodidades.

Las primeras noches no fueron aburridas, pues habían pasado esas noches comiendo nachos y viendo películas en la casa de Luis, su amigo de la infancia la estaban pasando de maravilla esos días, cuando de repente oyeron unos extraños ruidos que provenían del techo, al acercarse, se dieron cuenta que en el techo había un ladrón, dispuesto a entrar en la casa para robarles todo lo que tenían, ahí fue cuando entonces se le ocurrió una genial y alocada idea: Octavio, utilizaría sus muñecos de colección para asustar al ladrón y hacerlo así correr espantado.

Siguiendo el plan trazado por Oliver, agarraron a Satchmo, el cual era uno de esos típicos muñecos de apariencia siniestra, mirada de cadáver y sonrisa casi diabólica. Oliver, con su habilidad para hacer a los muñecos hablar, le dijo: ¡detente, ladrón, ni creas que te saldrás con la tuya! Al escuchar esto, el ladrón huyo despavorido y nunca más volvió a intentar las casas del vecindario y desde ese entonces, todos estuvieron tranquilos.

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